Desde ayer que es de obligado cumplimiento el nuevo Reglamento Europeo de la ley de Protección de Datos que se aprobó de forma silenciosa hace dos años. A  mi sinceramente me ha cogido con el pie cambiado al igual que ha ocurrido con muchas personas.

    En la última semana no paro de contestar a correos  electrónicos que me llegan de los múltiples servicios a los que me he suscrito en los últimos tiempos. También me remiten infinidad de links a políticas de privacidad que francamente no tengo tiempo material de leer.

    No digo que no sea necesario proteger los datos a los que tengamos acceso de terceras personas, pero encuentro que se está creando un psicosis colectiva que a mí me está afectando muchísimo más de lo que me pensaba.

    En mi propio trabajo se me ha entregado un documento de siete hojas que tengo de firmar y que me ha provocado el reabrir una vieja herida que no voy a contar porque es una información tan sensible que me provocaría quebrantar la ley de protección de datos si entro a explicar mi experiencia personal con todo lujo de detalles.

    Evidentemente que dentro de mis posibilidades voy a cumplir con esta ley aunque en realidad me chirria en los oídos y la entiendo como una intromisión en mi propia libertad personal. Además se da una circunstancia paradójica que desprotege datos sensibles personales y los pone al alcance de todo aquel que visite mi página. Estoy expuesto delante de todo el mundo por el hecho siguiente:

    Como propietario y usuario de dos páginas web personales y para cumplir la ley de protección de datos, me veo en la obligación de revelar mi nombre completo, mi número de DNI., la dirección donde vivo, mi número de teléfono y una dirección de correo electrónico de contacto, por ser el único responsable de la base de datos de mis subscriptores. El reglamento me obliga a identificarme como responsable y custodio de la información personal que se me ha facilitado, para poder brindar el derecho a rectificar o anular los datos que voluntariamente y con total libertad se me han compartido.

    Como soy una persona muy modesta que no vive exclusivamente del Blogging, tengo una estructura muy pequeña y mi newsletter tiene un alcance reducido a un número muy pequeño de personas. Con la ley en la mano, he de ser igual de riguroso como si tuviese una gran empresa y manejase todo tipo de datos de millones de clientes.

    Aquí como pasa en todos los órdenes de la vida, el pez gordo se come al chico y yo como pececito me siento totalmente desamparado ya que considero que el espíritu de la ley no hace distinciones entre unos y otros. Como siempre, los poderosos podrán adaptarse sin muchos problemas porque tendrán a su alcance una batería de profesionales dispuestos a realizar todas las tareas necesarias para cumplir la norma. Después si tienen algún tipo de denuncia por haber incurrido en alguna negligencia, podrán contratar a un bufete de abogados para que los defienda de la manera más conveniente.

    Pero cuando eres un simple blogger individual que te abres paso en internet con tu propio dominio e intentas con tu esfuerzo llegar al público, creo que esta ley es un impedimento importante y una cadena de obstáculos casi infranqueable. Yo hoy me siento muy preocupado y tengo el corazón en un puño y estoy verdaderamente con la congoja en el cuerpo y hasta creo que puedo decir al borde de un ataque de nervios. Evidentemente dentro de mis posibilidades, pagare a un informático para que me haga las adaptaciones mínimas con las que cubrirme las espaldas.

    Mi ética personal como maestro de Reiki me impide revelar los datos que se me han confiado que en mi caso son los mínimos recogidos en un formulario de contacto y que únicamente se ciñen a un nombre y una dirección de correo electrónico. Eso es lo único que tengo de mis pocos subscriptores y de las personas que de vez en cuando dejan algún comentario escrito en las publicaciones que tengo actualmente en mis dos páginas web http://www.jaumelluisgarcia.com/ y http://www.speakupreiki.com/

    Realmente estoy muy preocupado y pienso que el legislador raramente tiene en cuenta todas las posibles normas que aprueba y la afectación práctica en su aplicación real. Como siempre se lanza una norma, sea la que sea, con unos intereses que no son siempre claros y que muchas veces no se sabe a quién favorecen. La excusa en este caso es la privacidad y protección de datos de las personas, pero sospecho que detrás se ocultan otros intereses que ningún legislador desvela.

    Personalmente cada día dudo más de la honestidad de los miembros de la casta política en todo el mundo por dos razones:

1.- Hay demasiados ejemplos de corrupción que son denunciados públicamente a través de todas las plataformas audiovisuales existentes.

2.- La justicia es exasperantemente lenta en administrar justicia contra los políticos que se han dejado sobornar en el cumplimiento de sus funciones y contra las personas que han pagado esos sobornos a cambio de beneficios personales por la adjudicación de obras o simplemente por tener acceso a información privilegiada.

    Con este artículo solo pido indulgencia y un poco de tiempo, para poder garantizar que cumplo todas mis obligaciones legales. Mi conciencia está tranquila, porque no he infringido ninguna ley, pero delante del legislador la palabra dada y el contrato de honor ya no tienen ningún tipo de valor. Vivimos en un mundo que todo ha de estar escrito en un contrato y cuanto más extenso y más clausulas tenga muchísimo mejor.

    Añoro los tiempos en los que se podía hacer un negocio con un simple apretón de manos y se comprometí la palabra de ambas partes. Eran tiempos heroicos donde el honor estaba por encima de todo y se respetaba de forma escrupulosa.

    Durante siglos el mundo funciono muy bien con personas de honor. Un buen día hubo un espabilado que se inventó el primer contrato escrito y allí nació la primera semilla de la desconfianza que desgraciadamente ha crecido en unas magnitudes gigantescas y literalmente ha postergado al honor como una reliquia del pasado.

    No deja de ser una triste y lamentable realidad contra la que no se puede hacer nada.